Señales de alarma

Ser capaz de reconocer las señales de alarma que nos avisan de que algo no funciona desde el punto de vista psicológico es fundamental para reducir la gravedad del problema e incluso prevenir la aparición de un trastorno psicológico severo.

Hay dos tipos de señales de alarma: las que nos avisan de que tenemos problemas con el manejo de algún aspecto concreto de nuestra vida cotidiana y las que nos avisan de un trastorno psicológico importante que requiere atención profesional rápida.

El primer tipo nos habla de un déficit de recursos o habilidades para afrontar un aspecto concreto de nuestra vida que no está enmarcado en un trastorno psicológico y que es importante tratar porque afecta a nuestro bienestar y nos dificulta la adaptación a determinadas situaciones de nuestra vida.  Puede, además, derivar en otros problemas o generalizarse a otras áreas. Son señales de alarma de este primer tipo:

  • Malestar emocional leve y persistente
  • Dificultad para manejar determinadas emociones negativas
  • Sensación de incapacidad o dificultades importantes en el manejo de situaciones concretas: estrés laboral, relaciones personales, situaciones de conflicto, enfermedad, acontecimientos vitales negativos
  • Sentimiento de insatisfacción y frustración persistente y mantenido en el tiempo generalizado o relacionado con una situación concreta

El segundo tipo son señales de alarma que nos deben hacer acudir a consultar a un especialista sin demora porque son señales de un trastorno psicológico cuyo pronóstico dependerá en la mayoría de los casos de una intervención temprana:

  • Tristeza persistente durante un período superior a dos semanas
  • Miedos o preocupaciones persistentes que impiden o dificultan el desarrollo de una actividad normal
  • Cambios bruscos de humor y de estado de ánimo
  • Falta de energía y cansancio
  • Cambios en los hábitos de alimentación: comer más o menos de lo habitual, desorden en las comidas
  • Cambios en los hábitos de sueño: dificultades para conciliar el sueño, dificultades para despertarse o despertares tempranos
  • Dificultades para concentrarse
  • Aislamiento social: reducción drástica e importante de la actividad social
  • Reducción importante del nivel de actividad, apatía y falta de interés por las actividades habituales y por el entorno
  • Dificultad o incapacidad para tomar decisiones e iniciativas
  • Pensamientos negativos persistentes e invasivos causantes de ansiedad intensa, tristeza o rabia.
  • Sentimientos de rabia o ira intensos y duraderos
  • Pensamientos de suspicacia acerca de los demás
  • Sensaciones de irrealidad y/o dificultades para comprender el comportamiento de los demás
  • Alteraciones en el comportamiento sexual
  • Cualquier tipo de abuso: alcohol, drogas, internet, juego, móviles, sexo…

En el primer caso es posible llevar una vida normal y responder a las demandas cotidianas, aunque con dificultades y malestar y, en el segundo caso, los síntomas nos impiden responder a las exigencias de nuestra actividad cotidiana y están produciendo un deterioro importante en nuestra calidad de vida.

La intervención es, en ambos casos, necesaria puesto que la salud mental es mucho más que la ausencia de trastorno. Es un estado de equilibrio interno en el que somos capaces de adaptarnos a nuestras circunstancias vitales, incluidas las adversas, y responder adecuadamente a las demandas de nuestra vida normal y cotidiana. Son aspectos fundamentales de la salud mental: la habilidad para establecer relaciones positivas con los demás, la habilidad para reconocer, expresar y modular las emociones positivas y negativas, la flexibilidad y la capacidad para enfrentarse adecuadamente a los acontecimientos vitales adversos y la armonía entre cuerpo y mente.